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El pasado jueves recorrimos las calles de Valdivia las nietas de las brujas que no pudiste quemar. Detrás de las 13 antorchas repudiamos juntas los abusos, las violaciones y los asesinatos de las que somos protagonistas a diario. Si tocan a una, nos tocan a todas. Recuerdalo. En una catedral rayada con intenso odio nos juntamos alrededor de un círculo de fuego donde conjuramos en contra de este maldito sistema y le pedimos a nuestras ancestras la anhelada venganza.

Nuestras compañeras trenzaron por horas a nuestras espaldas, entrelazando entre sus dedos nuestras penas, rabias y frustraciones. Lo hicieron por nuestras hermanas violadas, desaparecidas y asesinadas. Por las maltratas por todo un sistema que reprime. Porque la represión nosotras la conocemos desde antes. Siempre tuvimos toque de queda. ¿todo esto tenía que pasar para que te dieras cuenta?. En una pileta de una conocida plaza del centro de la cuidad, se tiñeron rojas las aguas por la sangre que derramamos a diario, y también por aquella que no tenía que salir de nuestras venas. Observarlas a la distancia me recordaba a espíritus. Sabemos que están ahí pero no queremos verlas, porque duele. Duele constantemente la indiferencia ante la muerte que arribó demasiado pronto.

Cada ciertas cuadras devolví la mirada hacia ellas, seguían ahí, almas protectoras del sufrimiento ajeno. Miradas extrañas y aturdidas. Somos lo que nadie quiere ver, pero todos saben que está ahí.Las penas se van cuando te cepillas el pelo, decía mi abuela. Pero ya no estoy tan segura, porque sigue doliendo fuerte.

Cuando decimos que si tocan a una tocan a todas, no es una metáfora. Es real. Porque las mujeres no olvidamos ningún golpe. El despertar social explotó en nuestras cara. Suerte la nuestra que solo estábamos dormitando entre nuestras ancestras.

 

Trenzaron por las calles resistencia porque juntas somos más fuertes