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Al pensar en acoso callejero, inmediatamente recordé un episodio de cuando estaba en la universidad, tuve que cambiar por meses mi recorrido habitual para llegar a clases porque un tipo comenzó a acosarme, con frases y miradas lascivas. La primera vez que lo hizo lo encaré e insulté sin titubear. Pensé que con esto pararía, pero no, siguió por semanas y ya era casi una batalla diaria para mí al pasar por ahí. Seguramente hice lo que más de alguna ha hecho, cambiar mi recorrido para evitarlo, me dio tanta rabia hacerlo, sentí que de cierta forma “perdí”, quería demostrarle a él principalmente que lo que hacía no era normal, era completamente violento.

Que lamentable es que todas tengamos un recuerdo de acoso callejero como este, de sentirnos vulneradas, con miedo en las calles, transporte o vía pública. No es necesario que haga una encuesta para saberlo porque sé que es así. Amigas, hermanas, primas, todas me han compartido más de alguna desagradable y traumática experiencia de acoso.

Día a día nos enfrentamos a esta conducta que por muchísimo tiempo fue naturalizada. Lamentablemente, creo que aún en la actualidad me he visto en posición de explicar por qué este es un problema, por qué un silbido, el sonido de un beso, comentarios sexuales, tocaciones, gestos obscenos, bocinazos y jadeos no son bonitos, no son pintorescos cumplidos, es acoso, es violento y no lo queremos más.

Son muchas las iniciativas que comenzaron a surgir en la última década a nivel latinoamericano para visibilizar y enfrentar esta problemática que aqueja a mujeres, niñas, transexuales, homosexuales, lesbianas y cualquier grupo divergente a la masculinidad adulta y tradicional que no sienten seguridad cuando utilizan el transporte público o caminan por las calles de su ciudad. Perú fue pionero en nuestra región en visibilizar, sancionar y posicionar en la agenda pública el acoso callejero, al crear el 2011 Paremos el Acoso Callejero, primer observatorio de América Latina dedicado exclusivamente a la prevención y erradicación de estas prácticas.

De esta manera esta problemática fue visibilizándose cada vez más, creándose y vinculándose nuevas entidades contra el acoso en el resto de Latinoamérica. En Chile se creó el Observatorio contra el Acoso Callejero (OCAC), a finales del año 2013 como una iniciativa de un pequeño grupo de mujeres feministas que buscaba poner en la palestra este tema y erradicar esta situación en el país, idea que cada día fue tomando más fuerza. Hoy esta organización está conformada por un equipo multidisciplinario de profesionales que se organizan en seis áreas: Comunicaciones, Asesoría Jurídica, Estudios, Articulación Internacional, Intervención y Gestión y Proyectos. Cuya contribución en esta materia ha sido muy relevante para generar información al respecto y políticas públicas para frenar y sancionar estos hechos. Un ejemplo concreto de este trabajo, se vió reflejado en el año 2015 al enviar lo que en ese entonces era un proyecto de ley llamado «Ley de Respeto Callejero» que incorporaba a la legislación chilena el acoso sexual callejero, convirtiéndose en el 2019 en una realidad.

OCAC realizó en el 2014 la 1ra Encuesta de Acoso Callejero en el país, en él se revelaron importantes datos, como que el promedio de edad en que las encuestadas comenzaron a sufrir acoso en las calles era de 14 años, partiendo desde los 9 años. Siendo la población más joven el grupo más vulnerable. A su vez, el 90% de las mujeres respondió en la ocasión que las acciones más recurrentes eran silbidos, bocinazos y miradas lascivas, seguido de un 72% de las encuestadas quienes declararon haber sufrido piropos agresivos, haciendo alusión al cuerpo o al acto sexual. Un 97% contestó que el agresor era hombre y en la casi totalidad de los casos era desconocido.

Estas cifras reafirman lo relatado algunas líneas más arriba sobre la realidad y alcance que tiene esta problemática en la población. Y al referirnos a esta no la podemos hacer de forma aislada, porque está vinculada directamente con una relación de poder, que no solo se ve reflejada en esta esfera, sino que forma parte de todo el sistema patriarcal, el cual es completamente violento y desigual.

La apropiación del espacio público y su disfrute es un indicativo de calidad de vida, caminar en paz por la calle es un derecho. Pero la seguridad se anula cada vez que alguien nos mira con excesiva atención, cada vez que sientes miedo cuando alguien va tras tuyo y está oscura la calle. Porque frases como “amiga avísanos cuando llegues a tu casa”, “envíanos tu ubicación” y un sinfín de advertencias me recuerdan que constantemente somos violentadas y “corremos peligro” en cualquier espacio público, lugar donde todas y todos deberíamos transitar y convivir tranquilos.

Este domingo se cumple un año desde que entró en vigencia la ley que sanciona el acoso callejero en Chile, normativa que por primera vez clasifica estas situaciones como violencia sexual ante la justicia con sanciones que van desde multas hasta penas de cárcel. Si bien este es un gran avance en la materia y que deja de lado lo que hasta no hace mucho tiempo era considerado como algo cultural, considero que aún falta mucho por avanzar. La educación debe formar parte de este cambio necesario, no solo sancionar sino prevenir este tipo de conductas, erradicando la reproducción de relaciones desiguales que nos siguen dañando como sociedad.