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Por años hemos visto cómo la industria pornográfica desde su aparición ha repetido incansablemente una misma escena cargada de estereotipos, donde las relaciones binarias hombre/mujer, pasivo/activo, penetrador/penetrado, son la esencia y única alternativa en las producciones de esta industria. En este relato, el sexo se reduce solo a penetración, eyaculación y orgasmo masculino. Respondiendo de esta forma a la concepción de la sexualidad heteronormativa y coitocentrada, donde el sexo es el coito y los genitales se consideran la única zona erógena del cuerpo.

Desde otra vereda la pospornografía aparece como una respuesta crítica al discurso pornográfico comercial tanto desde las disidencias sexuales como de un grupo de mujeres vinculadas a la industria pornográfica, que, cansadas de ser vistas como objeto de otros, decidieron tomar ellas mismas la producción de sus películas. Proponiendo una total deconstrucción de género, donde las relaciones binarias antes mencionadas, son solo posibilidades y no la esencia del acto sexual puesto en escena.

Una de las pioneras en esta materia es Annie Sprinckle, una actriz estadounidense de películas porno que dejó la industria para realizar acciones performáticas y experimentales, desarrollando así un propio lenguaje, considerando siempre la crítica al porno de mercado. En la actualidad es doctora en Sexualidad Humana y junto a su esposa Elizabeth Stephens se han dedicado a experimentar y propagar el Ecosex. Movimiento donde exploran diversas experiencias eróticas con la naturaleza y a través de estas prácticas hacen un llamado sobre el deterioro ambiental y el cuidado del medio ambiente.

Y si de posporno se trata no podemos dejar fuera a la española María Llopis, escritora, artista y activista sobre sexualidad y feminismo quien es autora del conocido libro “El postporno era eso” (2010). Llopis en el texto nos comparte su propia definición del término, la cual nos lleva a los inicios de esta corriente. “Para mí el postporno es política queer, postfeminista, punk, pero también una visión más compleja del sexo que incluye un análisis del origen de nuestro deseo y una confrontación directa con el origen de nuestras fantasías sexuales. Por eso el postporno a veces es más un tipo de meta porno, y se centra en cuestionar la industria pornográfica y la representación de nuestra sexualidad que hoy en día se hace en los medios”.

Ciertos fenómenos político culturales como el feminismo Pro-Sex, la cultura punk y el movimiento queer actuaron como grandes influyentes para la aparición del posporno. A partir de estas influencias, tanto en Estados Unidos como en Europa durante la década de los ochenta, surgió una nueva discusión crítica sobre la pornografía. Ya no desde una mirada de prohibición y censura sino como un instrumento a intervenir políticamente para instaurar otros imaginarios porno.

El contexto descrito posicionó a nuevos sujetos críticos y políticos del sistema heteronormativo, cuyas demandas se resumieron en una política de autonomía y de la toma de poder en relación a la identidad y práctica sexual que siempre vieron coartada. A su vez, la influencia de la cultura punk anticapitalista fue crucial en la pospornografía, al brindar una estrategia autogestiva para la pornografía. De esta manera, no solo se encontraban criticando los contenidos sexistas del porno comercial sino también su modo de producción caracterizado por su masividad y consumo.

Porque el posporno no solo cuestiona los contenidos sexuales relacionados a la hetero norma, también comprende un pensamiento crítico contra la forma en la que se produce, circula y se consume la industria del cine porno como una fracción del sistema capitalista. Este vínculo a la metodología de producción autogestionada es lo que el posporno heredó de la cultura punk y de su modalidad de acción do it yourself (DIY) o en español “házlo tú mismo”. Es así como se propone una forma de hacer pornografía autogestionada, con las herramientas que estén al alcance, en la propia casa y libre de imposiciones de poder. La idea es no depender de nada ni nadie, haciéndose cargo de la producción por cuenta propia de algo inexistente en el mercado porque no forma parte de los intereses de fuerzas dominantes.

Tal como señala la periodista e investigadora argentina Laura Milano en el libro Usina Posporno: disidencia sexual, arte y autogestión en la pospornografía (2014), desde la disidencia sexual se busca promover otras interpretaciones de las corporalidades no normativas, lejos de vincularse a una categoría identitaria. Enfrentándose a nuevas estrategias políticas que toman como escenario su propio deseo y cuerpo para cuestionar y criticar los efectos normalizadores de toda formación identitaria instaurada en las divisiones hombre/mujer o masculino/femenino asignadas desde la heteronormatividad.

Laura Milano Usina Posporno

Desde esta concepción el posporno forma parte de estas nuevas interpretaciones las cuales, por medio de múltiples lenguajes expresivos, como la fotografía, intervenciones urbanas, performance, material audiovisual, etc. Las y los creadores del posporno se apropian de las herramientas discursivas del porno y las alteran, creando nuevas representaciones de la sexualidad. La producción de estas nuevas narrativas del placer, no solo admiten la visibilidad de las sexualidades disidentes, también invita a la experimentación lúdica, creativa y sin prejuicios de la sexualidad.

Lejos de convertirse en aleccionadora o de carácter instructivo, la pospornografía es incómoda, perturbadora e inquietante. Las representaciones que se producen no trabajan en función de la correspondencia entre género, sexo y práctica sexual, sino que se experimenta con la libre combinación entre estos tres elementos siempre inamovibles en la lógica de la hetero norma.

El posporno es considerado una apuesta artística y política. Política por intentar modificar el actual orden de las cosas, afrontando las representaciones del porno comercial que funcionan como reproductores de la diferencia sexual, la heterosexualidad obligatoria y que ejerce como regla con la que se mide qué es y qué no es sexo. Además, se reconoce el surgimiento de la pospornografía como un síntoma de una necesidad de visualización en el contexto de una disputa social por la imposición del sentido en torno a lo sexual. Convirtiéndose en una práctica de empoderamiento para quienes siempre fueron marginados por su elección sexual.

Bien sabemos que la pornografía busca venderse a sí misma como registro documental o realidad con el único fin de conseguir la excitación de quien la consume. La pospornografía en cambio, no solo pretende comunicar su crítica al sistema heteronormativo, también busca hacerlo desde una producción artística, cuya intencionalidad supere la mera excitación del público y contemple el goce estético.

Mi sexualidad es una creación artística (Lucía Egaña)

Tal como señalamos antes, el posporno en sus inicios se masificó en Estados Unidos y Europa principalmente, sin embargo, en los últimos años también ha tenido presencia en distintos países de Latino América. En el caso de Chile aún no ha ganado mayor visibilización, pero si cuenta con exponentes en la materia, quienes han trabajado y realizado distintas producciones performáticas en la última década. Artistas como Lucía Egaña, escritora transfeminista chilena residente en Barcelona ha graficado este movimiento en uno de sus documentales llamado “Mi sexualidad es una creación artística“ (2011) definiéndolo como un espacio para cuerpos y prácticas que no encajan -ni les interesa encajar- en el porno convencional.

Además del trabajo de Lucía, no podemos dejar fuera las performances de Irina la loca y de las activistas de Missogina. Así como también las producciones de Felipe Rivas San Martín y Katia Sepúlveda, recordados por el proyecto que hicieron durante la conmemoración del Bicentenario llamado «Esto es Chile» (contraseña: vamos a jugar), formando parte importante de la escena del posporno del país.

Sin dudas, el posporno nos plantea una clara crítica a la mirada heteronormativa de la sociedad, rompiendo a través de sus diversas expresiones y producciones artísticas con los estereotipos sexo-género reproducidos en el porno. Bajo esta misma perspectiva desde hoy, la ya antes mencionada investigadora argentina Laura Milano, comenzó a dictar el curso virtual “Pornografía: discusiones, producciones y activaciones feministas”. En la instancia formativa se hará un recorrido introductorio por los debates feministas sobre la pornografía y problematizará algunas experiencias contemporáneas producidas en torno al porno feminista y el posporno.