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“Ahora mi cuerpo flota sobre el oleaje del Mapocho, mi cajón navega entre aguas sucias haciéndole el quite a los neumáticos, a las ramas, avanza lentamente cruzando la ciudad completa. Voy cuesta abajo.

El recorrido es largo y serpenteante. Viajo por un rio moreno, una hebra mugrienta que me lleva con calma, me acuna amorosa y me invita que duerma y me entregue por completo a su trayecto fecal. Gaviotas despistadas siguen mi ruta y se estacionan a mis pies, escarbando en mi zapato rotos, picoteándome los dedos, las uñas cochinas. En la ribera un borracho lanza una botella vacía que se hace pedazos a topar conmigo. Vidrios me llegan a la cara, un hilo de sangre corre por mi frente”

Mapocho. Novela de Nona Fernández

El eco de la violencia de estado implantada a terror y sangre hace 47 años se puede oír resonando en diferentes partes de la moderna ciudad. En uno de esos lugares, ese eco navega entre aguas grises, objetos de desecho y piedras, recordando aquellxs cuerpxs despojados de humanidad, que fueron arrojados a sus aguas para demostrar que nadie podría escapar del inaugurado sistema: represivo, higienista, castigador, sobre todo con los recurrentes sujetxs oprimidos de la historia.

La performance realizada por las artistas Macarena Álvarez, Linda León y Catalina Carvajal, situada en la rivera del río Mapocho y basada en textos extraídos del libro homónimo de Nona Fernández, nos lleva a visitar un archivo del horror del cual podemos desprender elementos que resuenan en el Chile de hoy, no sólo como signos de un archivo estático y gris, sino como lugares que permiten el ejercicio de una memoria crítica, que conecta con acontecimientos y acciones que continúan presentes en nuestro devenir.

El ocultamiento de lo femenino como retórica dominante del discurso patriarcal, se pone en juego a través de la exhibición de un cuerpo semi desnudo, que se expone para evidenciar que la violencia ejercida quebró las cuerpas arrojadas al río, no sólo desgarrando carnes sino también almas, mediante recursos que el sistema dominante ha ofrecido a través de la historia. A los reconocidos modos de tortura para fracturar estxs cuerpxs, se sumaron aquellos con “sesgo de género”: la violencia sexual como lugar común de oprobio y humillación se tomó también las cámaras de tortura, y las cuerpas de mujeres, cual lienzo de esas prácticas, fueron registradas por los ojos en shock de aquellos que vieron sus despojos flotando rio abajo.

En la performance, la cuerpa de la artista se cubre por una tela blanca, mientras arroja sangre al rio y va dejando claveles en él, para, según sus palabras, “limpiar la memoria de aquellos que ya no están”¹, mientras su compañera nombra al mismo tiempo la lista de desaparecidos y asesinados en el año 1973, iniciada la dictadura de Pinochet. 

Si miramos desde lo femenino, el marco que narra la acción puede ofrecer otras lecturas para el cuerpx presente. Me refiero con esto a que el orden de lo erótico impuesto por la mirada masculina – que objetiva las cuerpas desnudas – puede desaparecer si es el ojo femenino quien observa. La cuerpx presente, entonces, es lugar de denuncia deserotizada, que además entrega al relato otro elemento de análisis. La mujer ha sido, históricamente, sujeto de una “producción de ausencia” en lo público, desaparición intencionada por el sistema patriarcal, que la relega a lo privado, a lo doméstico, a lo materno. Tal vez es por esto que la presencia – denuncia, en un sitio público, de una cuerpa femenina que narra hechos políticos, negados por revisionistas para ser borrados de la historia oficial, tiene una doble significancia.

Marianne Hirsch² señala en uno de sus escritos que “hay una diferencia entre la memoria institucional que presenta y preserva los museos, por ejemplo, y esas otras que implican la comunicación de un sentimiento a través del tiempo, la transmisión de un sufrimiento o el fervor de una resistencia»³. Siguiendo este enunciado, esta performance recoge los hechos en un afán de memoria que remueve el presente, dado que lo acontecido se actualiza precisamente en la resistencia que este eco ofrece a quienes hoy habitamos este tiempo y este territorio. El afán por la memoria crítica se sujeta a la necesidad de cuestionar estos regímenes de violencia, los que podrían entrar al ethos de una sociedad si ésta no es capaz de advertir sus horrorosas prácticas, corriendo el riesgo de la reiteración por normalización.

Dado lo anterior, ¿podríamos reconocer de qué manera “ese tiempo” y “esas violencias” persisten, en una especie de retorno perenne, maquilladas, soterradas, bajo otros discursos o incluso, renombradas?. Judith Butler nos señala que “hay que plantarle cara” al eco, pues si el patriarcado, el fascismo o el revisionismo narran una historia que justifica la violencia, esa violencia será parte permanente de nuestro cotidiano.

Oponerse a todas las formas de violencia dando carne y alma al archivo, es una forma del arte para subvertir el régimen de reparto sensible determinado por los poderes que sujetan nuestras vidas de forma casi invisible. Es también una estrategia para que la memoria de paso a nuevos imaginarios, pues la cita reflexiva al cadáver y al horror nos lleva a desear futuros sin miedo, donde la libertad y los derechos no sean luchas que derramen sangre sobre otros ríos.

Remembranza es una Performance dirigida por Macarena Álvarez, realizada el 30 de agosto del año 2018, para el día internacional de los y las detenidas desparecidas en colaboración a la actriz y performer Linda León, registrada fotográficamente por Catalina Carvajal.

¹ Cita de Macarena Álvarez
² Marianne Hirsch es una investigadora y académica estadounidense, que introdujo el concepto de “posmemoria”, citado en cientos de libros.
³ Hirsch, citada en Butler, 2020 pag.137
Referencias
Butler, Judith, 2020. “Sin Miedo: Formas de resistencia a la violencia de hoy”. Editorial Taurus.
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